Mi Abuela Herta

Mi abuela materna se llamaba Herta Schlerff.

Murió cuando yo tenía 11 años. Encadenó una serie de problemas de salud crónicos, entre un par de paros cardíacos y una fractura de cadera, pero murió tranquilamente, en su sueño, una mañana de abril de 1985, en la Clínica Olivos, ahí en Arenales y Maipú.

La velamos en la casa de sepelios que estaba en la avenida Maipú, enfrente de la quinta presidencial. Luego cremamos sus restos y los esparcimos en el Río de la Plata.

Pero no sirve de nada que les cuente tantos detalles sobre su muerte, sin antes contarles más sobre ella y su vida.

La abuela Herta (como siempre la llamé, un poco para distinguirla de mi otra abuela, Janina) nació el 31 de diciembre de 1903 en Filipópolis, una ciudad de Bulgaria que luego de varias guerras mundiales pasó a llamarse Plovdiv. O fue al revés, no me acuerdo. La cosa es que la familia Schlerff, alemanes de culto protestante, eran floristas. En aquella época, aparentemente, eran los floristas más importantes de Europa Oriental: incluso fueron los proveedores oficiales, a fines del siglo XIX, del sultán de Turquía, lo cual supongo yo, en tiempos del Imperio Otomano, no era moco de pavo.

La abuela Herta tenía cinco hermanas, todas con nombres más raros unas que otras: Mitzi, Reemda, y otros nombres que me he olvidado en este momento. De las seis hermanas, tres se casaron y tres quedaron solteras, ocupándose de su madre, una tal Ana Havel, una señora de carácter que marcaba el paso de toda la familia.

Por razones que no me quedaron claras, la abuela Herta hizo la escuela primaria en Alejandría, en Egipto. Aparentemente uno de sus compañeritos de escuela era un tal Rudolf Hess, y cotejando edades llegué a la conclusión de que es el mismo Rudolf Hess del que hablan, lamentablemente y con razón, los libros de historia.

La historia pega otro per saltum, y hacia fines de la primera guerra mundial Herta estaba estudiando matemáticas en la Universidad de Ginebra, en Suiza. Mi abuela se llevó a la tumba las razones de tales cambios geográficos.

La abuela no me contaba mucho de su vida pasada. Tampoco le contó mucho a mi vieja, Evelyne, que en definitiva sabía bastante poco de su madre. Herta era una mujer inteligente, taciturna, muy culta. Leía constantemente, me explicaba los problemas de matemática que yo no entendía, y trató infructuosamente de enseñarme a jugar al ajedrez. Y yo, tan pelotudo fui, que nunca le presté atención.

La abuela egresó de la Universidad de Ginebra con honores: tuvo el honor de ser la primer mujer que se haya graduado en matemáticas en dicha institución. Su diploma, firmado por un tal William Rappard, estaba entre las cosas que descubrí en el departamento de mamá despues de su fallecimiento.

Después de graduarse, alrededor de 1921, Herta consiguió un trabajo en la recientemente creada Sociedad de las Naciones, en Ginebra; le tocó dar un examen de entrada, para el que aparentemente habia 5000 postulantes, y entraron mi abuela y dos personas más.

La abuela Herta era un cerebro.

Hablando de su estadía en Ginebra, una vez mi mamá encontró una de esas «agendas perpetuas» en las que mi abuela anotaba cumpleaños, direcciones y efemérides varias. En una de las páginas de aquella agenda, una inscripción misteriosa figuraba: «Place des Eaux-Vives, 19h, Tapio Voionmaa». Así nomás, sin el año ni nada. Mi vieja me contó que, al preguntarle sobre el tal Tapio, mi abuela estalló de ira (algo inusual en ella), le arrancó la agenda, y, le prohibió hablar de Tapio. La cosa quedó ahí; mi abuela se llevó el secreto al morir, pero mi mamá pensaba que habían sido novios, o quizás amantes. El tal Tapio fue, años más tarde, ministro y embajador de Finlandia.

Como verán, la historia de mi abuela está llena de hiatos y agujeros; sabrán disculpar la desprolijidad.

A fines de los años 20, antes del gran crash, mi abuela se casó (quizás á contre-cœur) con un tal Roland George, ingeniero mecánico de origen ginebrino.

La familia George había llegado a Ginebra desde Francia, durante las persecuciones contra los protestantes de las que se habla en los libros de historia. Ahí se instalaron, hicieron fortuna, y después la perdieron. Los descendientes de los George, entre los que se contaba a Roland, aparentemente lloraban día y noche por los tiempos pretéritos en que su familia poseía gran parte de lo que hoy se llama el Grand-Saconnex, barrio a 10 minutos del centro de Ginebra.

Hasta yo, de nene, escuché las historias de las riquezas que tenían los George. Cosas raras de la historia, mi primer departamento de soltero lo alquilé en el Grand-Saconnex, precisamente. Y mi vieja falleció en el barrio de al lado, el Petit-Saconnex, a 100 metros de las tumbas de su abuela y su tía, es decir, la mama y dos de las hermanas de la abuela Herta.

Los círculos se cierran de maneras misteriosas, a veces.

Escribo estas líneas mientras mi tren se detiene en la estación de Ginebra. Pareciese como si mi ADN tuviese un GPS integrado.

La abuela Herta se casó, entonces, con Roland hacia fines de la década del 20. Este Roland (que es el único de mis 4 abuelos al que nunca conocí personalmente) trabajaba para una empresa petrolera, llamada «Astra». Esta empresa lo mandó a México, a principios de los años 30, para ocuparse de unos yacimientos. Fue allí que nació el primer hijo de Herta y Roland, mi tío Charles, allá por el año 32. 4 años después nació el segundo hijo, Henri, que se escribe con «i» y no con «y», ya que es un nombre en francés. Ambos, pues, nacieron en México, creo yo en el DF, pero no estoy seguro.

Nunca conocí al tío Charles, ya que falleció en un accidente de auto en la ruta 2, en Argentina, en el año 62. Al tío Henri si lo conozco, pero no tengo mucho para decir.

A fines de los años 30, la empresa de mi abuelo lo mandó lo más lejos posible de Suiza (nunca supe si fue por causa de la guerra, o porque como todos me han contado, el tipo tenia un carácter insoportable). Fue así como la familia de mis abuelos terminó mudándose a Comodoro Rivadavia, en la provincia de Santa Cruz, en Argentina.

El culo del mundo, como decía mi abuela. No usaba seguido esa expresión; solamente al hablar de la Patagonia. Me contó que el viento la volvía loca. Al final, después de mucho insistir para irse de ahí, mis abuelos se radicaron en Buenos Aires. Corría el año 41 o 42.

Obviamente, para ese entonces, volver a Europa era impensable. Así que decidieron quedarse en Buenos Aires. Y en el 44 mi abuela se quedó embarazada por última vez, esta vez de mi madre, Evelyne. En aquella época la familia George-Schlerff vivía una vida anónima y apacible, en una casa de la calle Cuba en Belgrano, entre Quesada e Iberá, a pocas cuadras de la avenida Congreso.

De Filipópolis a Belgrano.

Mi abuelo Roland tenía una pequeña fábrica de repuestos para máquinas hidráulicas hacia fines de los 40, empresa que alimentaba la familia. Después, la empresa alimentaba también a los punteros peronistas del barrio, a los cuales se les pasaba un dinero para que los planes sociales de Eva Perón puedan prosperar, y para que no le cierren la fábrica o lo metan en cana.

Mi abuela nunca tuvo una inclinación política clara, salvo el hecho de ser una antiperonista acérrima. Me acuerdo lo alegre que estuvo cuando ganó Alfonsín en el 83, pero mi vieja me contó que también se alegró cuando fue el golpe del 76. La cosa era no estar a favor de Perón o de los peronistas.

La escena siguiente de la vida de mi abuela no es tan colorida o viajera. Por lo que pude entender y cotejar, mi abuela no había querido llevar a término el embarazo de mi madre; eso se tradujo en una cierta apatía, que mi madre sufrió hasta el día de su muerte. Un abandono por parte de sus padres.

En realidad, no, peor que eso. Mi abuelo, en algún momento de la infancia de mi madre, abusó de su única hija. Mi madre descubrió ese recuerdo, totalmente hundido en su subconsciente, mediante terapia hipnótica.

Nunca supimos si mi abuela supo de ello o no, el tema es que en el año 62 se mata en la ruta 2 el hermano mayor de mamá, Charles. Este acontecimiento es una bisagra, un punto de inflexión que modificó para siempre la dinámica de la familia. Charles era el hermano amado de mi madre, el que la protegía, el que, quizás, supo la verdad del abuso.

Mi madre, sin embargo, supo de la muerte de su hermano a través de un periódico. Leyendo, por casualidad, la sección de avisos fúnebres. Porque, por alguna razón ignota, mi abuela no le quiso avisar la noticia a mamá, que se enteró de todas maneras, de esta manera, horrible si las hay.

La locura humana no tiene raíces inexplicables. A veces son incomprensibles, pero no son nunca inexplicables. Mi vieja vaciló en el precipicio de la locura más absoluta en ese preciso instante. Toda la vida de mi madre, toda su relación con la abuela Herta, y también su relación conmigo, fue definida en ese preciso instante.

Mi abuela se separa de Roland a principios de los 60, y con mamá se van a vivir a una casa sobre la calle Haedo, en el barrio de Vicente López, a unas cuadras del cruce con la avenida Maipú, del lado de Florida. Mi abuela laburaba de traductora para una empresa mecánica de origen alemán, que tenía sus oficinas en Munro. Mi vieja laburaba de vendedora, y trataban de llegar a fin de mes, muchas veces comiendo la misma polenta que le preparaban a la perra.

Hablando de idiomas, para esa época mi abuela Herta le enseñaba francés a una amiga entrañable de mi mamá, Eleonora, que tenía que preparar los exámenes de la Alianza Francesa. Años más tarde, antes de venir a vivir a Suiza, allá por el 89, Eleonora me enseñó el francés a mí. Y tal vez, en estos momentos, una de las hijas de Eleonora esté leyendo este texto, y así va la vida.

Finalmente, hacia fines de los 60, mi abuela Herta y mi mamá lograron ahorrar algo y se compraron un departamento con vista al río, en la zona del bajo Vicente López; sobre Avenida Libertador, entre San Martín y Arenales. El arquitecto que estaba a cargo de las obras era un pibe pintón de ojos verdes de unos 27 años llamado Alberto Kosmaczewski. Al poco tiempo, mi mamá y él empezaron a salir juntos, y se casaron en el 71.

Exactamente para esa época, mi abuela tuvo su primer infarto. Fue un domingo a la tarde, después del almuerzo; mi mamá y ella estaban viendo «Los Campanelli» en la televisión, y mi abuela le dijo a mi vieja «me siento mal», y entró en coma.

Tuvo tres paros cardio-respiratorios en pocas horas, y estuvo en coma 21 días. Milagrosamente se salvó, y tan buena fue su recuperación que se fue a Europa a visitar a sus hermanas y familia.

Cabe indicar que para esa época la situación financiera de la familia se había mejorado mucho. Mi abuela empezó a cobrar la jubilación suiza, que dado el tipo de cambio de aquella época, representaba un ingreso comparable al del un senador, un narcotraficante y un gerente de multinacional, todos juntos y multiplicado por 2.

En setiembre del 73 nací yo. La abuela me adoraba; me traía regalos de Europa y así crecí, con ella y mi mamá. Tal vez mi llegada haya servido para que la relación entre ambas se endulce; en todo caso, no tengo recuerdos de peleas jodidas entre ellas. Si, una cierta tensión, palpable, pero ni gritos ni platos rotos.

Pensándolo bien, tal vez les hubiese venido bien romper algunos platos. No sé.

En 1981 le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson a mi abuela Herta. A partir de ahí, su estado de salud empezó a desmoronarse inexorablemente. Temblaba mucho, babeaba continuamente. En el 83 la operaron del nervio trigémino, y eso le curó el Parkinson, y fuimos a festejar sus 80 años a la costa atlántica. Pero tanto tratamiento la dejó muy débil.

Festejamos su último cumpleaños una noche de diciembre del 84. Tenía 81 años. Hacía un calor de locos, me acuerdo, y ella sufría mucho el calor.

A principios de abril del 85 se le fracturó la cadera y se cayó; lo que no supieron los médicos fue si se le fracturó la cadera por caer, o si se cayó por que se le fracturó la cadera; ellos nos decían que ambas situaciones eran posibles, aunque en realidad, el dato es de una inutilidad espantosa. La operaron y le pusieron una prótesis, y 10 días después falleció.

La última vez que la vi fue un viernes, después de la escuela. Yo iba a la numero ocho, que está enfrente de la clínica. Me acuerdo que cuando nos íbamos de su habitación justo llegaban unos médicos para revisarla, y ella me miraba fijo mientras se cerraba la puerta, y yo caminaba, de la mano de mi vieja, mirando para atrás y siguiendo su mirada.

Esa mirada, su mirada se quedó para siempre en mi memoria.

Size matters

One of the facts I vividly remember of studying physics in university (this was in the mid 90′s in Geneva, Switzerland) was a certain disconnection between Relativity and Quantum Mechanics. The former is a theory used to describe phenomena at macro level, like galaxies, planets, stellar systems, while the latter describes the interactions at micro level, the atoms, light, particles, energy at microscopic levels.

When you apply some relativity equations to atoms, you get results that are not supported by experimentation; and the same happens when you apply some quantum theory equations to objects like planets. It is not that all the relativistic facts do not apply at micro level, or that all quantum facts do not apply in macro level; it is that there is no unifying theory that explains everything, and this quest is the graal of modern physics.

Fast-forward 5 years.

One of the facts I vividly remember of studying Economics in university (this time in Buenos Aires) was a certain disconnection between Microeconomy and Macroeconomy. The models that describe the behavior of the consumer (which is the heart of the study of Microeconomy) yield wrong conclusions when applied to issues like unemployment, foreign trade or other matters that are usually better explained by Macroeconomy; and similarly, well, you get the picture.

As a matter of fact, my Macroeconomics teacher would say that whatever we learnt in Microeconomics class was wrong, and that he had the right answers; of course, the Micro teacher told us the same the year before.

Fast-forward 5 years.

One of the facts that I vividly remember of studying Computer Science during my master degree program was a certain disconnection between small and big software projects. What works in small, simple applications and systems, including human and technical factors, does not usually work in bigger, more complex projects.

It is not the same to work on a startup project with some friends in a garage to create the next social networking site, where coordination is easy, most of the tools required are available for free, where the projects rarely have any dedicated quality assurance team, than working in, say, a bigger organization like Microsoft, together with other 1500 engineers and testers, all dedicated full time to writing and testing the next version of Windows.

The hardware requirements are not the same, either; in small projects you could use a couple of Mac Minis and a cloud hosting service and you are done; at Google they have MapReduce and a couple hundred thousand computers in a datacenter with air conditioning and security 24/7, and they still require more infrastructure every day.

However, and this is my main point, there is no proven recipe that can help a company grow from 10 to 10’000 people and from 10 to 10 million customers in a snap; there are some good techniques and principles, here and there, to make your software grow; but nobody actually knows of a generic recipe for every software company.

There are so many factors in macro problems, that the interaction of those factors has to be taken into account; not only the factors themselves, but also their interdependencies. I guess you see where I am going with this. This problem is usually called scaling in computer circles, and I think that the word can be applied to economy and physics.

As humans, we have trouble scaling. Scale is important in our eyes, because we tend to think that bigger is better. Bigger is more money, in general, but not necessarily better; we have trouble going from small to big and vice versa. Not only in facts; also in concepts. We cannot foresee the implications of scaling. At least, not completely, and not so far.

This disconnection creates lots of problems in our society. Politicians forget the human being altogether, buried beneath tons of numbers and statistics. Voters do not understand that managing a country is not like managing your household economy. Schools do not teach how to solve scalability problems; heck, they do not even properly teach kids how to work in teams to solve small, micro problems.

Small companies do not understand that scaling is neither automatic nor a required process, and that not all companies should grow; some companies work better when small than when they grow up, and that’s why they sometimes fail. Venture capitalists that are not familiar with technology cannot understand this fact, and will sometimes sacrifice good working teams for just making more money or for getting into the stock market.

The knowledge we have about the problem of scaling is limited; I actually sometimes ask myself whether there is a solution to it, that would justify the search of a global theory in physics, a unified theory in economics, or a generic scaling procedure for companies and software systems.

I do not have the answer; the fact is that size matters, and that this pattern has to do with the world we are living in; it does not matter whether you are a physicist, an economist or a programmer; this is how the world works.

Best Books of 2011

Just like in 2010, 2009, 2008 and 2007, here goes the traditional book of the year post for 2011! This year my reading list included design, history, and lots of JavaScript.

Here goes the list, in a completely arbitrary order of personal preference:

“Design for Hackers” by David Kadavy

It all started, around August, with a conversation with Paul, my cousin from London, the founder of Zerofee; we were talking that while designers could easily find tutorials and documentation to learn about software development, it was much harder for developers to find material about design, at least to learn the basic concepts.

Somehow, David Kadavy must have heard us, and he came up the following month with this great book. I have recommended it to every one of my students since I read it; it is built like a computer book, with clear explanations, diagrams and lots of pictures; every concept is described in detail, including historical references and examples.

David provides a healthy introduction to design, going through subjects such as fonts, proportions, color theory, structure, grids, and much, much more.

I insist; this is a must read for any developer, particularly those who, like me, are self-taught and eager to expand their own possibilities.

“Steve Jobs”, by Walter Isaacson

The day Steve Jobs passed away I was in South Africa, giving some trainings in Johannesburg, precisely about iOS. I remember waking up, opening my copy of Echofon in my iPhone, and seeing lots of tweets with just an apple sign on them.

I said to myself, as I started to scroll downwards, that this was it. I sat on the edge of the bed, realizing that it was the end of a huge chapter for the computer industry.

That very same morning, I gave an introduction to iOS to some developers, and of course there was a special thing to that training. Somehow there was a legacy of the guy in every NSObject that we allocated in memory.

Later that same month, I went to the USA and landed in Newark. While waiting for my connecting flight, I was dragging my feet in the terminal, and the corner of my eye saw the book in the shelves of a bookstore.

I read it in about 5 days. There had not been a book that hook me as much as this one in ages.

I will not go as far as saying that this was the book of the year. I won’t add anything to what is already available online about it. It was, without any doubt, the most hyped book of the decade. And it is a surprisingly good one; not biased, very acid in some parts – I guess Jobs would not have liked reading some sections of it. I picture him throwing the book out of the window, outraged, while weeping at some chapters.

I admit, I’ve shed some tears in some parts. All in all, a very emotional piece, not to be missed.

“JavaScript Patterns”, by Stoyan Stefanov

2011 was the year of the mobile web. Not only because some analyst said so, but because the demand for mobile web solutions from companies has increased dramatically in one year. Also because the capabilities of smartphones have grown in such a way that today, web apps are a viable choice for consumers.

This means, by all standards, that JavaScript regains a preeminence on the web; longtime a language that was bashed and forgotten, JavaScript reappears in front of many developers as the instrument by which the mobile web becomes a reality.

This book is a perfect way to rediscover JavaScript; to forget the pain of the past, to see that it is a wonderful language that, as Crockford would say, was hugely misunderstood.

By the way, readers should have read Crockford’s “JavaScript: the Good Parts” before this book; Stefanov builds on top of that knowledge and provides the developer with a fresh bouquet of idioms and constructions that will be useful in every JavaScript project.

Finally, given the rise of Node.js in the past few years, reading it provides also with a solid background for the next wave of JavaScript frameworks hitting the market these days.

“Programming the Mobile Web”, by Maximiliano Firtman

Maximiliano is a genius. The guy has pulled the complete bible, the absolute reference, for everything that has to do with mobile web development. The book is a treasure of capabilities, comparisons, history, and nitty-gritty details about every possible mobile web browser in the planet.

How he does it, it’s his great mystery. After publishing this book, he came up with the great Mobile HTML5 site which, if you haven’t seen it yet, you should.

Even better, he’s argie like I am, and I’ve had the opportunity of inviting him to Zürich last year, to hear him talk about jQuery Mobile. Which reminds me of…

“jQuery Mobile: Up and Running”, again by Maximiliano Firtman

… his latest book; this time, Maximiliano tackled the hottest mobile framework of the moment. I’ve read the book in “early release” mode, prior to the final publication, and so far it looks very promising.

In this book, Maximiliano explains the core concepts of jQuery Mobile, the semantics and the capabilities of the framework, clearly explaining its strengths as well as its weaknesses.

I have learnt a lot about jQuery Mobile through this book, so I strongly recommend it to anyone interested in the subject.

“Mobile Design for iPhone and iPad”, by Smashing Magazine

A very nice and concise eBook by the great people of Smashing Magazine, with great tips and tricks about how to create UIs for the new generation of touchscreen devices. I’ve learnt a lot with this book.

“iPad at Work”, by Apple

Finally, a nice free eBook by Apple, very useful for explaining the iPad and its multiple capabilities to business people; I am personally seeing more and more iPads in enterprise contexts, so I think that this is an important (and small) title to read.

MoMA and Software as an Art

What would be the place, in a museum like MoMA, of a collection of art dedicated to software?

If there is something that MoMA can make, is to boost your imagination. Anything is possible; the myriad of options for the expression of human creativity has no end, the mind boggles.

My dream has been, for years, to explain software, its intricacies, to make this part of our world accessible to anyone. Software rules our world, it is one of the most complex creations of man, yet it remains understood (albeit partly) by just a few.

There are many dimensions to software; the first to explore is size. When you tell anyone outside of the field that Windows 2000 took 5 years to a team of 1400 developers to complete, and that the whole thing is about 29 millions lines of code, it is still not enough; however, if you printed the whole code of Windows and put it in a series of books, how many books would it be?

On Kawara has created a piece called “One Million Years”, on display at MoMA; the whole thing is a series of books where the pages show, one after the other, as the name implies, one million years.

At 80 lines per page, at 1000 pages per volume, the source code of Windows 2000 would take… 363 volumes. Given that the Encyclopædia Universalis or the Encyclopædia Britannica consist of 20 or 30 volumes each, we are talking that a single company has been able to pull 12 encyclopædias out of the hat for a single version of a product. I’m not talking about quality or other characteristics; just size, raw and simple.

That’s the magnitude of software. Now we can begin to understand the magnitudes, the cost, the implications.

Another magnitudes worth exploring would be cost, number of people involved, number of errors… Infographies would explain in detail the interconnections and the different dimensions, their relations, their impact. But again, the whole thing remains so virtual, so out of reach, so different of anything else, that we just run out of analogies in no time.

What other dimensions could be used?

Preferred iPad Apps

FlipBoard, Reeder, iA Writer, 1Password, Echofon, iWork (Pages, Numbers, Keynote), The Economist, OmniGraffle, InkPad, Adobe Ideas, iBooks, Kindle, Instagram, Instapaper, swissinfo, digital 2.0, Unzip, Typefaces, Prompt, FaceTime, Mirror, NYPL Biblion, iMovie, GarageBand, Keynote Remote, Zattoo HD, Aelios, TuneIn Radio, Planetary, VinylLove, Shazam, iDisk, Dropbox, Digits, GoodReader, DocsToGo, Articles, France24, CNN, La Nación Digital, OffMaps 2, Google Earth, Dictation, SBB Mobile, Penultimate, Elements, PCalc, Skype, Skype wifi, Hipmunk, Deep Green, Real Racing HD, ArtRage, Photoshop Express, HP Print.

Boom.

Guía irresponsable y atorrante para conocer Nueva York

El otro día escribí esto para una amiga que está por viajar a Nueva York, y me gustó, así que aquí va.

Nueva York es la ciudad por antonomasia. Yo estuve ahí en el 2000 y 2001, y después en el 2010 con Clau para ir a comprar iPads :)

Los lugares turísticos clásicos, no te los podes perder; el Empire State, Central Park, la estatua de la libertad (me dijeron que es mucho mas petisa de lo que uno cree, yo nunca fui ahí), Times Square.

Consejos:

Si llegan por el aeropuerto de Newark (New Jersey, cruzando el río Hudson), hay un tren que los deja en el Penn Station, en pleno centro.

Si llegan por el JFK, creo que hay un subte que te lleva a Manhattan. Pero no recuerdo, creo que me tome un taxi.

Es una ciudad hecha para caminar, a pesar del tamaño gigantesco que tiene. Pero fuera de broma, llevense buen calzado y a patear. Tiene una dimensión humana que es alucinante. Muy buena onda. Es, además, relativamente segura.

Preparen la cámara de fotos. Llevense batería de repuesto cargada y una tarjeta de memoria extra. La van a necesitar.

Paseos que hice que me encantaron:

Cuando subí a las Torres gemelas, esto fue en junio del 2000, después me fui caminando hasta el puente de Brooklyn, que tiene un sector para peatones completamente aislado de los autos, y es un paseo genial. Eso si, agarrate porque el puente mide varias centenas de metros, creo yo casi un km de largo (cuando veas el cartel que dice que fue inaugurado en 1863, si no se te caen las medias, me voy a enojar). Es muy largo. Pero del otro lado es precioso, hay un paseo muy bonito del que se ve Manhattan y esta muy lindo, no hay que perderselo.

Después me fui caminando del puente de Brooklyn hasta Chinatown, que es súper pintoresco. Es una zona de Manhattan que no tiene edificios de no mas de 10 pisos de alto (la geología de la isla no permite rascacielos sino en los extremos sur y centro-norte de la isla) y de ahí podes ir a Little Italy, cruzar Washington Square y caminar por la quinta avenida. No te digo de seguir caminando por ahí hasta Times Square porque es un trecho largo.

La arquitectura de esa ciudad es algo fuera de lo común. Te va a dar torticolis de tanto mirar para arriba. Mi edificio preferido es el Chrysler, con su cúpula plateada art deco de los años 30. Precioso.

Si van a subir al Empire State, tomense toda la mañana para ello. Las colas son largas, y subir y bajar les va a tomar al menos 3 horas, paciencia!

Tomense el subte: fuera de broma, las estaciones miden como 2 cuadras y no podes creer cuantas líneas hay. Hay pases diarios para entrar y salir cuantas veces quieran.

Vayan a Times Square de noche. No de día; de noche. Fuera de broma, haceme caso. Cuando estén ahí, acordate de la versión del tema de Alicia Keys “Empire State of the Mind” con Jay Z. Cantenlo. Jajaja fuera de broma, las fichas caen en ese instante.

Central Park se merece un día entero, es enorme y da para un lindo picnic. Yo conozco solamente la punta sur. Hay muchísimas callecitas, lagos, es precioso.

Justamente, pegado a la punta sur del Central Park, esta el Apple Store de la quinta avenida :) aunque no compren nada, metete nomas para ver. Es alucinante.

Por esa zona también, dos o tres cuadras mas al sur, esta el Rockefeller Center. No se lo pierdan.

Tomense un taxi, preferentemente en hora pico. Tomenlo en Washington Square y diga le de ir hasta la 70th o la 80th, así ven toda la quinta avenida. Después vuelven en subte si quieren.

Metanse en el bar del Hilton o del W hotel (a unas cuadras del Empire State) y tomense un martini seco. Como en las películas, con los vasos triangulares. Con jazz de fondo y todo. Súper romántico.

Vayan al teatro en Broadway. Es algo que tengo muchas ganas de hacer algún día.

En la calle, comanse un buen hot dog. Insisto. Tipo 2 de la tarde, en la esquina de Madison y la 57ava. O por ahí. Preferentemente al lado de una boca de tormenta humeante o de unos canas de la NYPD. Con un poco de suerte en ese momento pasan los bomberos del NYFD y el hombre araña haciendo piruetas.

Si tienen tiempo, vale la pena que se alquilen un auto y vayan para el norte del estado de NY, hacia Albany. Saliendo de la ciudad, media hora después estas en un paisaje de bosques y ríos que es precioso. Es la entrada de los montes Apalaches, una preciosura. Yo anduve por ahí alla por el 2000.

Los yanquis se van de vacaciones a NYC como si fuese ir a París. Es muy cómico ver los buses de gente que acaba de llegar de Oklahoma o Arkansas para visitar la ciudad, todos gorditos, con gorra de béisbol, y haciendo fila en la entrada de cuanto lugar he enumerado más arriba.

NY es la ciudad mas grande de Irlanda. Fuera de broma, la herencia irlandesa es muy fuerte y hay pubs por todos lados. Tomense una buena Guinness después de un día de caminata y brinden agradeciendome toda esta data :)

Que la pasen genial! Es una ciudad fantástica.

Audio de la Entrevista en la Metro 95.1

Para los que no pudieron escuchar la entrevista que me hicieron en la emisión “Su Atención Por Favor”. Creo que es la secuencia más larga de clichés que se pueden decir de Suiza en unos 14 minutos :)

Es más, hay algunos datos que no son totalmente correctos (como lo de que no hay presidente, cuando en realidad si, pero no cumple el mismo rol que en Argentina), pero bueno, Sherlock Holmes tampoco nunca dijo “Elemental mi querido Watson” :)

El audio, en formato MP3, grabado mediante Snowtape 2, esta a vuestra disposición en Dropbox!

Votar en Suiza

Como muchas cosas en la vida, el pasaporte colorado no viene gratuitamente. Una de esas cosas que hacen a la vida suiza es la obligación de hacer la colimba (o de pagar el impuesto militar si no sos apto para el servicio). La otra es la capacidad de votar. De la colimba, ya escribiré otra vez, pero esta vez hablaremos del voto.

En resumidas cuentas, el voto en suiza tiene las características siguientes:

  • El voto no es obligatorio. La tasa de participación oscila entre el 30%, un promedio bastante común, y el 60%, en el caso de las votaciones con mayor interés. Generalmente son los temas de impuestos y del sistema jubilatorio los que generan mayor participación.
  • El voto femenino se instauró a nivel federal recién en 1971; algunos cantones permitieron el voto a las mujeres desde los años 50, pero algún que otro cantón lo siguió prohibiendo hasta los ’90. Obviamente, como en Suiza se vota todo, también se votó para este tema, y el electorado masculino votó en contra del tema varias veces.
  • Se vota cuatro veces por año, casi siempre más o menos en las mismas fechas. En cada fecha se mezclan temas federales, cantonales y comunales, que muchas veces no tienen nada que ver entre si. No es obligatorio votar en todos los temas que se proponen; se puede cortar boleta y solo opinar sobre un tema de los propuestos.
  • La mayoría de las votaciones son referéndums, donde se vota por un si o por un no. En las boletas se escribe a mano la respuesta (“Oui” o “Non”, “Ja” o “Nein”) y listo. Generalmente, cada tema de referéndum viene con su contraproposición, elaborada por los partidos opositores al tema del que se vota, y al votar se puede elegir el tema, la contraproposición, y de emitir una opinión en caso de empate (lo cual ha sucedido).
  • Se puede votar por correo. Unas 3 o 4 semanas antes de la fecha del voto, te llega un sobre con las boletas de voto y las instrucciones de como llenar los formularios, y, aún mas importante, toda la documentación que explica lo que se vota. El voto por correo es digno de otro post!
  • Generalmente las votaciones implican una modificación de algún artículo de la constitución. En este sentido, la constitución suiza es mucho mas dinámica que la argentina, y el procedimiento para modificar artículos es mucho mas simple y directo. En realidad, la constitución suiza se parece más a una extensión del código civil, con un valor judicial extendido y un nivel de detalle bastante espeluznante.
  • El resultado de las votaciones tiene generalmente valor de promulgación; una ley que recibe un voto afirmativo entra en vigor casi inmediatamente.

Es una lástima que me olvidé de sacarle fotos a las boletas que me llegaron para las próximas votaciones, las del 4 de setiembre próximo. Será para otro post!